«La vida debe ser comprendida hacia atrás, pero ha de ser vivida hacia delante».— Søren Kierkegaard, formulación abreviada de Diarios, JJ:167 (1843).
Cuando hablamos de propósito, solemos imaginar que la respuesta aparece después de pensar mucho. Como si bastara con sentarnos, analizar nuestras capacidades, identificar nuestras pasiones y encontrar finalmente aquello para lo que estamos hechos.
Pero quizá la vida no funcione siempre de esa manera.
A veces pensamos que necesitamos tenerlo todo claro antes de actuar. Queremos saber qué nos gusta, qué se nos da bien, qué queremos conseguir y qué sentido tendrá todo ello dentro de unos años.
El problema es que muchas de esas respuestas solo aparecen después de haber probado algo, de habernos equivocado o de haber vivido situaciones que no podíamos anticipar.
En 1966, el psicólogo James E. Marcia, entonces vinculado a la State University of New York at Buffalo, publicó Development and Validation of Ego-Identity Status en Journal of Personality and Social Psychology.
A partir del trabajo de Erik Erikson, Marcia estudió diferentes maneras de afrontar la formación de la identidad durante la adolescencia tardía. Para ello consideró dos elementos: haber atravesado un periodo de cuestionamiento o exploración y haber asumido determinados compromisos.
Su investigación no trataba directamente sobre el propósito. Sin embargo, ofrece una perspectiva útil para pensar que construir una dirección personal no consiste solamente en disponer de respuestas. También puede implicar explorar posibilidades y asumir compromisos.
Desde esta perspectiva, explorar no equivale necesariamente a estar perdido. Puede formar parte del proceso mediante el que una persona descubre qué opciones encajan con ella y cuáles no.
Algo parecido puede ocurrir con el propósito. No siempre aparece como una revelación. En ocasiones se va haciendo visible mientras estudiamos, colaboramos con otras personas, asumimos una responsabilidad, atravesamos una dificultad o descubrimos que una actividad nos importa más de lo que imaginábamos.
La experiencia proporciona información que la reflexión por sí sola no puede anticipar. Podemos pensar que nos gustaría dirigir un equipo y descubrir, al hacerlo, que lo que realmente nos interesa es formar a las personas. Podemos creer que queremos cambiar de profesión y comprobar que lo que buscamos no es otro trabajo, sino una forma diferente de organizar nuestra vida. También podemos empezar una actividad por curiosidad y terminar encontrando en ella una parte importante de nosotros. Esto no significa que actuar sin pensar sea siempre la mejor opción. La reflexión ayuda a interpretar lo que vivimos, reconocer patrones y distinguir entre un impulso momentáneo y algo que tiene un valor más profundo.
Pensar y actuar no son procesos necesariamente opuestos. La experiencia puede ofrecernos información y la reflexión puede ayudarnos a comprenderla.
Quizá por eso no sea necesario formular una misión personal definitiva. Puede ser más útil prestar atención a algunas señales: qué actividades nos hacen estar presentes, qué responsabilidades asumimos voluntariamente, qué problemas nos importa resolver, qué personas queremos cuidar y qué experiencias nos hacen sentir que estamos creciendo.
El propósito no siempre se encuentra antes del camino. A veces va apareciendo mientras caminamos.
Qué sabemos
Marcia propuso una forma de estudiar la identidad atendiendo a dos dimensiones: el cuestionamiento o exploración de diferentes posibilidades —denominado originalmente “crisis”— y el compromiso asumido por la persona. El estudio de 1966 describió y examinó cuatro formas de afrontar la identidad en una muestra de 86 estudiantes universitarios varones. Las diferencias se establecieron a partir de la presencia o ausencia de crisis y compromiso en ámbitos ocupacionales e ideológicos. Este marco permite entender que explorar alternativas y asumir compromisos son procesos relevantes para estudiar la construcción de la identidad.
Qué no podemos concluir
La investigación de Marcia no estudió directamente el propósito vital. Por tanto, no demuestra que el propósito se encuentre necesariamente actuando ni que toda exploración conduzca a descubrirlo. Tampoco demuestra que actuar sea siempre preferible a reflexionar o que todas las personas deban atravesar el mismo proceso para construir su identidad. El estudio utilizó una muestra limitada de 86 estudiantes universitarios varones y se realizó en un contexto histórico y cultural concreto. Sus resultados no deben generalizarse automáticamente a todas las personas, edades o culturas. La relación entre formación de la identidad y construcción del propósito es una interpretación de EBdS apoyada en conceptos relacionados, no una conclusión directa del experimento.
