«La existencia precede a la esencia». — Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo (1946)
Un objetivo puede ser conseguir un ascenso, aprender un idioma o comprar una casa. La pasión tiene que ver con aquello que nos entusiasma. La vocación suele relacionarse con una inclinación profunda hacia una actividad o una forma de contribuir.
El propósito parece llevarnos a una pregunta diferente:
¿Para qué quiero hacer todo eso?
Alguien puede querer ganar más dinero. Pero quizá el dinero no sea la finalidad, sino un medio para disponer de más libertad, cuidar mejor de su familia, dejar atrás una situación difícil o dedicar tiempo a algo que considera importante.
Otra persona puede querer dirigir un equipo, no tanto por el cargo, sino porque disfruta ayudando a otros a crecer y cree que puede aportar algo valioso.
En 2003, William Damon, Jenni Menon y Kendall Cotton Bronk publicaron The Development of Purpose During Adolescence. El artículo propone entender el propósito como una intención relativamente estable y generalizada de conseguir algo que resulta significativo para la persona y que, al mismo tiempo, tiene consecuencias más allá de ella misma.
Esta última parte resulta especialmente interesante. El propósito no tiene por qué consistir en cambiar el mundo ni adoptar una misión grandiosa. Puede expresarse de una manera mucho más cercana: cuidar de alguien, hacer bien un trabajo, educar a un hijo, mejorar una pequeña parte de nuestro entorno, aprender para compartir lo aprendido o intentar vivir de forma coherente con lo que pensamos.
La definición de los autores tampoco es la única manera posible de entender el propósito. Algunas perspectivas conceden más importancia a la dirección personal, otras al sentido que atribuimos a nuestra experiencia y otras a la contribución que realizamos. Son aproximaciones relacionadas, pero no idénticas.
No todas las personas necesitan definir su propósito con palabras. Hay quienes viven, trabajan, cuidan de los suyos y disfrutan de lo que tienen sin plantearse expresamente esa pregunta. Otras personas mantienen una dirección bastante clara, aunque nunca utilicen la palabra propósito. También podemos cambiar de rumbo varias veces a lo largo de la vida.
Quizá no se trate de encontrar una respuesta definitiva, sino de hacernos de vez en cuando algunas preguntas honestas:
¿Qué sentido tiene esto para mí? ¿Por qué quiero conseguirlo? ¿Qué estoy intentando construir con mi tiempo? ¿Qué quiero aportar, aunque sea en una pequeña medida?
No hace falta tener una gran misión. A veces basta con reconocer para qué queremos utilizar nuestra vida durante una etapa concreta.
El propósito también puede cambiar. Lo que nos movía a los veinte años quizá no sea lo mismo que nos mueve a los cincuenta. Eso no significa necesariamente que hayamos perdido el rumbo. Puede significar que nuestras circunstancias, responsabilidades y prioridades han cambiado, o que estamos contemplando la vida desde otro lugar.
El propósito puede ofrecernos una orientación, pero no elimina la incertidumbre ni determina todas nuestras decisiones. Tampoco necesita estar presente en cada actividad. Descansar, disfrutar o hacer algo sin una finalidad elevada también forma parte de una vida humana.
¿Y si no tuviéramos que descubrir cuál es nuestro propósito, sino empezar a prestar atención a aquello que da sentido a lo que ya estamos haciendo?
Qué sabemos
Damon, Menon y Bronk propusieron una conceptualización del propósito como una intención relativamente estable, significativa para la persona y orientada hacia alguna consecuencia más allá de ella misma.
Esta propuesta permite diferenciar el propósito de una meta cotidiana. Un objetivo puede alcanzarse y concluir; el propósito funciona más bien como una orientación general capaz de relacionar diferentes objetivos y decisiones.
Qué no podemos concluir
Este artículo no demuestra que exista una única definición científica y universal de propósito.
Tampoco permite afirmar que todas las personas necesiten formular un propósito explícito para vivir de manera valiosa o satisfactoria.
Por sí solo, el trabajo no demuestra que tener propósito produzca más felicidad, mejor salud o mayor longevidad.
La dimensión de contribuir más allá de uno mismo forma parte de la definición propuesta por estos autores, pero sigue abierta la discusión sobre si puede existir un propósito principalmente personal.
